65. Vivir sin el factor tiempo

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Algo que tenemos que tener claro es, que por mucho que miremos, observemos y busquemos, nunca tendremos bastante tiempo, para ese propósito. Porque, siempre tropezamos con que todo es inabarcable, no hay una frontera donde detenerse. Y, todo esto sucede porque la mente es una fábrica de imágenes, de ideas, de proyectos, que son todo deseos. La cuestión, es verlos aparecer, dejarlos que se manifiesten y ver como desaparecen. Pero, hay otra cuestión, que lo complica todo cuando esa imagen, ese deseo, ese plan, eso que ha llegado, se convierte en una situación, y no desaparece ni no podemos hacer nada para que desaparezca. ¿Qué podríamos hacer ante esta situación embarazosa y desagradable -como si tuviéramos que comer sin tener apetito-? La huida, en esos momentos se ve imposible, parece imposible, o a lo mejor lo es. Por tanto, si no podemos salir, lo que es lo mismo descartar, hay que vivir con eso, nos guste o no.

Esos momentos, en que te ves atrapado, atascado, son de los más crueles en el sentido psicológico. Pues, está todo dentro de uno, está en la mente. Y, por tanto el cuerpo tiene una cierta ausencia. Eso, puede durar días, semanas y meses. Puedes hacer un largo viaje, pero eso sigue ahí; puedes ir y venir continuamente y sin descanso, pero eso estará contigo. Y, nunca sabremos los motivos de porqué ha llegado; y se ha marchado. Pero, creo que una de las posibles causas, es una debilidad delante de unos hechos, que conscientes o no, nos sobrepasan. Y, entonces como uno no sabe qué hacer con esa situación -los hechos-, no tiene más remedio que proseguir asumiendo y olvidándose, de si es adecuado o no lo que está pasando. Es un momento, delicado y complicado, porque apartarse de todo, hacerse a vivir solo, también parece imposible. Porque, cuando uno se encuentra atrapado, si descartamos el problema de estar atrapado, este desaparece. Es un momento, como volver a nacer, como quitarse una pesada carga de encima.

Pero, para descartar algo tan radicalmente, si no hay una cierta madurez, que es el tiempo que tarda para que nos despertemos a la realidad, no parece que eso sea posible. Una cosa, parece que la descartamos radicalmente, cuando no pensamos en ella, sino que la vemos en un instante, como un  trueno o un  rayo. Y, entonces ahí está la fuerza y la energía para decir fuera y descartar. Porque, si media el pensamiento para actuar, se hace todo muy complicado; porque, el pensamiento rumia, analiza, contrasta y se pierde en un mar de palabras. Pero, como ya hemos visto, a veces ese descartar no está a nuestro alcance. Y, en todo esto, está implicado el tiempo; cuando pensamos en términos de tiempo: ya veremos lo que pasa, cuando pueda lo haré, etcétera. Pero, vivir sin el factor tiempo, eso ya es otra cosa; eso es, tener la suerte de meterte dentro de cada cosa que haces o tienes entre manos.

Cierta vez, fue una persona a visitar a otra muy importante; y, al llegar lo recibió un asistente, que le dijo siéntese que ahora avisaré de su llegada. Y, la espera duró mucho tiempo; y, cuando llegó el asistente y se disculpó de su descuido, la persona visita dijo que no había percibido como molestia la tardanza. Esa es la cuestión, ¿qué había pasado para no irritarse, alterarse, insistir en lo que quería, tras la demora y el paso del tiempo? Si estaba despistado, ensimismado o en una nube, es como si estuviera narcotizado, ya sea por repetir algo, o drogado. Y, eso no tiene nada de nuevo: muchas personas rezan sin parar, otras repiten una palabra o varias, y así sienten una quietud momentánea; y eso es también, como estar narcotizados. Pero, hay una energía que no tiene causa, que todo lo percibe y, a la vez, está más allá de todo. Es decir, es estar más allá del tiempo y el espacio; esto es, de las circunstancias y del lugar donde se está. Pero con todos los sentidos actuando, que es como decir con todo su cuerpo; y con toda su mente, que  hace una unidad con el cerebro y el corazón. Y, entonces ahí está lo nuevo, la dicha y el júbilo.