62. La invención de problemas

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Todo, aunque sea sencillo, lo complicamos. Porque, ir a la raíz directamente nos da miedo, vemos difícil de lograr lo que pretendemos. Por qué, tener que cortar rama a rama, para quitar un árbol en vez de arrancarlo de la raíz. Creemos que si acabamos con nuestros problemas, acabaremos aburridos y vacíos de todo. Nosotros, nuestras mentes están condicionadas para resolver problemas. Y, por tanto, sin darnos cuenta inventamos los problemas, es decir, en todo vemos un problema. Por tanto, aunque es cierto que hay problemas, a los que hay que atender y resolver, hemos de tener la percepción clara para ver la ilusión que inventamos.

Pero, cómo podemos tener la percepción clara y diáfana, si tenemos tanto desorden en nuestras vidas. El desorden, es la falta de respeto, es sentirse brutalmente superior a los demás, el ser insensible a lo que en realidad está sucediendo. Y, con este desorden, queremos poner orden. Lo cual es imposible. Y, es este falso orden, que es el desorden, el que genera la vida que vivimos y también la sociedad que hemos creado. Por eso, culpar a los demás de lo que ocurre es muy superficial, es ignorancia. Uno tiene que trabajar arduamente, para resolver los problemas que nacen dentro de nosotros. Los problemas, en realidad fuera de nosotros no existen; es sólo dentro de nosotros, donde nacen y luego salen al exterior. Por eso, la revolución, el cambio, ha de nacer, y se tiene que hacer, dentro de nosotros.

Creer que los problemas se van a resolver, con revueltas y rebeliones violentas, quitando a unos para ponerse otros, que actúan básicamente de la misma manera, no tiene ningún sentido. Y, perpetúa el desorden y el caos, que hay en todas partes. Mientras no hay una revolución interna, donde veamos que uno mismo es el problema, mientras no haya resuelto el problema de la división y el conflicto que hay dentro de nosotros, todo será una mera continuidad de lo que siempre ha sido, de lo viejo y repetitivo. Y, lo repetitivo es, el conflicto, la contienda, la agresión y la violencia. Esto no es una cosa extraordinaria, esto está ocurriendo en todos sitios, vaya donde vaya.

Ahora bien, vemos que durante miles de años han intentado cambiar el viejo sistema, por otro nuevo sistema, pero todo ha continuado de la misma manera: dirigentes corruptos, violencia y guerra. Y, esto ha sido porque, primero que nada, uno tiene que cambiar él solo, para que así pueda haber un cambio en uno mismo, en su entorno y en toda la sociedad. Pero, eso nos da miedo, porque creemos que esa soledad nos va a perjudicar, nos va a aislar y marginar. Pero, uno si ve claro, que la actual manera de vivir, con su superficialidad y vulgaridad, con su sistema tan inmoral y corrupto, que nos hace vivir en el sufrimiento y el desorden, nos lleva cada vez a ser más destructivos y crueles, no tendrá otra opción que la del cambio. Ver claramente algo, es acción, es actuar. Y, si uno actúa desde esa claridad, que es inteligencia, entonces ya estamos fuera del sistema que genera tanto desorden con su violencia y las guerras.

Y, por eso, el cambio es ahora; siempre es ahora, porque la realidad, te da la fuerza para que actúes en la dirección adecuada, que es descartar la corrupción y la indecencia. Y, una persona, que sepa lo que es la dignidad de las personas, no puede soportar ni tolerar que haya indecencia, que haya indolencia y sufrimiento, causado por el desorden y la confusión. Por eso, el primer problema que hemos de resolver, es la división interna. Pues, esta división interna es la raíz y el origen de todo desorden. Ahora bien, el mismo deseo de cambio, es un obstáculo para el cambio. Pues, todo deseo, aunque sea bueno y bien visto, genera brutalidad y crueldad. Por tanto, cuando vemos ese hecho de que todo deseo, nos deja en el mismo sitio de siempre, con su división y enfrentamientos, entonces es cuando se opera el cambio, Porque, uno ya no quiere nada.

Y, nada quiere decir: sí, sí; pero, no, no. O, no, no; pero, si, si. Y, de esa manera de encarar la realidad, es cuando aparece lo nuevo, lo que no ha sido manoseado ni tocado por el astuto pensamiento.