61. Los hechos y los no-hechos

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Es verdad que nos gusta inventar no-hechos, porque los hechos, lo que sucede, no nos gustan y molestan. Pero, al actuar de esa manera, la confusión y el desorden prosiguen. Es que tan deteriorados estamos, qué no vemos que nos estamos engañando nosotros mismos, con tal de no encararnos con los hechos. Si queremos vivir adecuadamente, sin conflictos ni violencia, hemos de ser exquisitamente decentes, no hacer cosas que hagan daño a los demás. Porque, si hacemos daño a los demás, al vecino, a la persona que vive conmigo, al compañero de trabajo, este daño tiene que revolverse y venir, de una manera o de otra, a nosotros. Por tanto, es imprescindible que nos encaremos con los hechos. Y, el hecho principal, es que estamos divididos y fragmentados internamente. Y, esta división es la que hace que no tengamos sensibilidad. Y, sensibilidad quiere decir, ser respetuoso y honesto, no querer que el egoísmo esté ahí.

El egoísmo, es la expresión del miedo. Es también, la manifestación de lo pobres que somos en lo interno, de la ignorancia. El miedo, altera la mente, volviéndola neurótica, brutal, cruel. Cuando hace un millón de años, desarrollamos nuestras mentes, nos dimos cuenta que existía el tiempo, desde la salida del sol hasta que se ocultaba. Pero, al mismo tiempo, no supimos deshacernos del tiempo psicológico, el que dice ayer lo pase mal porque no presté toda la atención y me hice daño; y, hoy tengo miedo que se repita el mismo daño. Y, entonces, al inventar el tiempo, también inventamos el miedo. Miedo a que no llegue a la hora prevista, a que se retrase; miedo a los años que tengo, porque eso hace que tenga más obligaciones y que vengan cosas que no son agradables.

No estamos hablando del miedo como una reacción ante un peligro, como un precipicio, la velocidad excesiva, un animal salvaje. El miedo al mañana, es el que hace que nos dividamos porque siempre creeremos que falta algo para estar seguros. Y, por ello acumulamos conocimientos, información, cosas materiales; pero como la seguridad no existe, todo ese empeño de estar seguro es vano y nos deja más inseguros toda vía. Porque, cuando tiene miedo, deja atrás la sensibilidad, el afecto, la cortesía, y lo más grave, deja atrás la inteligencia. Y, entonces, somos como una pieza de la sociedad, que vive para comer, dormir, trabajar y tener hijos. Y, todo lo que se oponga a ese deseo de seguir en esa dinámica, lo rechazamos, lo odiamos, lo destruimos. ¿Por qué, no se da cuenta que lo más importante es una buena relación con las personas? Si tenemos miedo, las personas nos molestarán, las rechazaremos, no veremos su belleza innata que tienen; pero nosotros nos aislaremos más, nuestra vida será más neurótica. Siendo capaces de querer cambiar lo que es, por lo que me gustaría que fuera, haciéndonos especialistas en inventar no-hechos.

Y, es que nos creemos tan respetuosos, nos gusta tanto lo que hemos establecido, que todo lo nuevo nos molesta y nos da miedo. Pero, sin lo nuevo la vida es mortecina, es una vida sin brillo ni luz, es vivir viendo en todas partes posibles enemigos, peligros, situaciones que nos perturban y que pronto las despachamos para que no nos molesten. Pero así, necesitamos abundantes policías, militares, hombres armados, fronteras, leyes hechas a medida para que todo esto tenga la autoridad que da la legalidad. No deberíamos decir esa persona es extranjera, porque con esa expresión nos separamos y dividimos. Solamente existe la raza humana, ni amarillos, negros, blancos, cobrizos, somos hombres a los que hay que mirarlos como lo que son, como nosotros.