52. La falta de libertad, es amargura

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Si pudiéramos ser conscientes de todo cuanto hacemos: como hablamos, como caminamos, como nos alimentamos y comemos, como dormimos y nos despertamos, que ropa llevamos, etcétera. Entonces, habría una posibilidad de no ser insensibles, indiferentes y crueles. Pero, cómo vamos a poder vernos y observarnos, si primero, no queremos vernos como somos, porque tenemos miedo; y segundo, no tenemos tiempo para mirarnos y reflexionar e inquirir. Y, por eso nuestras relaciones son feas y generan amargura, con su tristeza y su contienda. Si no nos vemos tal cual somos, no nos damos cuenta que nuestra vida es una desdicha: el esposo me altera al igual que los hijos, siento desprecio y sin valor a nada, el trabajo del hogar me desborda, las complicaciones económicas, por tanto cuando salgo de casa no puedo tener la serenidad y la paz para poder tratar con dignidad a los que me tengo que relacionar. Por eso, es preciso que dentro de nosotros no haya conflicto ni amargura, porque eso tiene que salir. De la misma manera, que si en su casa tuviera armonía y paz cuando saldría sería feliz de ver la vida, a las personas, a los coches y autobuses, cuando llega el metro, cuando mira el cielo, cuando se incorpora al trabajo. Pero, eso desgraciadamente, no es así. Nosotros somos rutinarios, nos gusta la repetición, porque no queremos que se nos perturbe de lo que creemos que es lo mejor y lo que nos conviene. Pero, todo deseo, por noble y beneficioso que parezca, tiene su parte negativa y dañina. Y, como no queremos cuestionar ni ser reflexivos, pues el deseo es el que impone la ley. El deseo, es la respuesta a un reto -físicamente está claro, cuando tengo sed bebo-, y como nosotros somos la memoria, que es todo su contenido, que es todo el pasado, los miles y miles de ayeres, respondemos con lo viejo y repetitivo. Por tanto, seguimos con la manera divisiva de encarar los retos. Porque cada reto, cada situación siempre es nueva y no se puede abordar con lo viejo, que es la respuesta de la memoria. Y, ¿cómo llegará lo nuevo, lo que está libre del pasado? Cuando ve que su mente tiene un deseo o una imagen, no lo toque, mírela y no la aparte, no la reprima ni la quiera destruir, entonces ese deseo o esa imagen se desvanecen y desaparecen. Esto es muy difícil, porque siempre queremos deshacernos de lo que no nos gusta ni satisface. Voy a explicarlo un poco más: si al tener una imagen desagradable y fea, la rechazamos entonces se crea un conflicto entre la imagen y nosotros. Y, si hay conflicto, hay división, confusión, amargura. Por tanto, si yo no rechazo ni me divido, de esa imagen fea, entonces la observo y por tanto la comprendo; y, al comprender esa imagen que me disgustaba, ya no lo hace y por tanto no hay división ni conflicto interno. Por eso, es que es preciso observar, mirar, tener todo el tiempo para ver. Y cuando ve claramente, realmente, es cuando actúa sin división alguna. Porque no hay división, es que el ver y el actuar es lo mismo. Y, esta acción, es compasión, es amor. Y, entonces ya se han terminado los problemas, las amarguras, el mirar sin ver la belleza de lo que observa.

Pero, ¿cuántos están dispuestos a actuar y vivir de esa manera? Porque están muy atrapados con el piso, los hijos, la pareja, los viajes, la familia, el lugar para ir en el verano, están muy ocupados con todo lo que les proporciona placer. Y, de esa manera se enreda y se esclaviza toda su vida. Como no tiene libertad, ni para mirar ni para responder a lo que ve, sigue con su amargura y brutalidad, sigue con los malos tratos y la mala relación. Pero, no culpes a los demás de tus desgracias, de tu miseria y amargura, porque eso es tuyo y solo tú lo tienes que encarar y solucionar.