36. La muerte

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Creo que hay dos cosas que más nos alteran la vida: el sexo y la muerte. El sexo, puede ser un problema cuando se es joven. Y la muerte, en la juventud se puede ver lejana y extraña, algo para los demás, para los viejos y los enfermos. Pero, también hay personas, que desde muy temprana edad, ven la muerte muy de cerca y tienen un problema con ella. Aunque la muerte tiene su belleza, es difícil aceptarla y verle su verdadero sentido. Una de las cosas más certeras, es que todos nos hemos de morir. Antes ya han muerto, todos los que nos han precedido. Pero, eso no es consuelo, para ver la belleza del morir. Que todos los que vivimos, nos tenemos que morir, es la suerte y lo preciso para que nazca y llegue nueva vida a la tierra.

Si no muriese todo lo que hay, se produciría un colapso y un caos total, que la vida no podría ser. Un bosque sin muerte, no puede ser; al igual que todas las hortalizas, después de su plenitud, han de destruirse. Por tanto, la vida y la muerte, son dos caras de la misma moneda. Sin vida, no hay muerte. Y sin muerte, no hay vida. Pero, claro todo esto son palabras, son conceptos abstractos; y, por tanto no sirven de nada, a la hora de encarar la muerte. Muchas personas, que tienen actividades peligrosas, juegan con la muerte; pero, eso no tiene ningún valor, porque es tanta la adicción por lo que hacen, y el peligro, que no ven la realidad. La muerte, hay que vivirla, hay que ser consciente de ella; hay que amarla y no huir de ella. Porque, en el momento que huimos, la rechazamos para nunca verla, le tenemos miedo y la muerte nos asusta más. Entregarse a la muerte, es cosa de cada cual. Porque, la muerte no solamente es un asunto de uno, ya que intervienen algunas personas que alteran el ambiente y la paz que lleva la comprensión.

Es una fortuna, tener un ambiente sano, con mucho amor, para que la muerte no se convierta en un problema. No valen las religiones, que le dan demasiado importancia y transcendencia. Porque, cuando uno muere, es el fin y se acabó. No hay nada más que hacer, que olvidarse del muerto. El temor y el miedo, a la novedad que desencadena la muerte, es el problema de los vivos. Pues, ahí reside toda la maravilla de la muerte: es renovación, cambio, sorpresas, alegrías y frustraciones. Las religiones, siempre han intentado, con sus ideas y teorías, manejar a las personas, aprovechándose de ese momento, de la muerte, para contarles un cuento: la reencarnación, el paraíso, etcétera. Y, el ser humano, en su ignorancia, ante el dolor de ir a lo desconocido, dejando lo conocido, se deja arrastrar por las supersticiones.

Otra cosa que caracteriza al mencionar y hablar de la muerte, es su seriedad, su dramatismo, la importancia que le damos. Cuando no tiene ninguna, salvo la novedad que genera y desencadena. Si te se muere una persona que vivía contigo, o si tenías una relación estrecha con ella, entonces ha de pasar algo, que puede ser agradable o desagradable. Pero, cuando vemos los animales, que mueren y matamos, la aceptación por ellos y que no hay ningún problema. Es cuando nos damos cuenta, que hasta en la muerte somos egoístas. Solamente, le damos importancia a la muerte, de lo nuestro, lo mío. Pero eso no es comprender, todo el misterio de la muerte. Porque, es el más grande misterio que no podemos resolver. Cada paso que damos, para querer aclarar, justificar, darle sentido, a la muerte, está encaminado hacia el fracaso. Porque, no sabemos nada. La mente, el pensamiento, puede inventar -y es capaz- toda clase de teorías, con tal de sentir un poco de consuelo.

Es demasiado grande todo, para nosotros, que somos una parte de ese todo. Es decir, la parte no es el todo; pero, el todo sí que contiene a la parte. Y, aquí es donde está el amor: lo total, lo que todo lo abarca y nada excluye. El misterio de la muerte, es el mismo que el misterio del infinito. Podemos desentrañar, ver física y mentalmente el fin del infinito. No, porque no hay fin. Y entonces, no hay límites, ni obstáculos para que todo sea. Pero, la pregunta sigue ahí, desde el principio: ¿qué sucede, cuando me muero, con mi conocimiento de que soy el que trabajaba en esto o aquello, o no trabajaba; con el conocimiento de que era muy bajo o alto, del especialista que yo era; con mi conciencia de ser, de estar vivo? Pues, sucede lo mismo que les sucede a los animales: nada, todo desaparece. Porque, en realidad nosotros somos, nuestras experiencias; y, cuando desaparecemos, morimos, todo se acaba y no queda absolutamente nada. Y sí, sé que esto parece a un engaño. Pero, lo aceptas o no lo resolverás. Porque, topamos con el infinito. Que no tiene fin.