22. La ignorancia

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Algo que demuestra lo ignorantes que somos, es la manera de enfocar nuestras vidas, lo queremos todo: queremos ser libres y a la vez esclavos, queremos ser sencillos en la abundancia y el despilfarro, queremos ser pacíficos viviendo en la división, queremos ser espirituales siendo egoístas, queremos ser justos y honestos sin desprendernos de lo superfluo e innecesario, queremos la felicidad sembrando lo contrario, queremos la armonía y vivimos en el esfuerzo y en la lucha, queremos que nadie nos moleste pero nosotros seguimos molestando abierta o subrepticiamente, queremos hacer algo que tenga sentido siendo vulgares y repetitivos. Y claro, todo esto nos deja en el desorden y en la confusión. Ya que nuestra existencia, es algo que está basada en el conflicto, en la inarmonía, en el antagonismo, en la división.
La ignorancia es falta de claridad, de lucidez, de cordura, es tener una mente llena de deseos unos contrapuestos a otros. La mente nunca puede llegar a lo verdadero, a la realidad, por muy deseosa que esté de ello; antes al contrario, ese mismo deseo se convertirá en impedimento. La misma visión de este hecho, de que todo deseo es un obstáculo, libera a la mente de la ignorancia. Esto es muy arduo, pues a cada reto la mente está condicionada a responder con un deseo. Cuando percibimos algo tenemos dos clases de deseos: si es desagradable -según nuestro parecer- el deseo se desencadena con el fin de deshacernos lo antes posible de ello; si nos es agradable el reto que percibimos, todo nuestro deseo será enfocado en la atención y en la posesión de eso que tanto nos gusta.
Hay que tener una mente altamente sensible a todo cuanto acontece para poder ver cada movimiento, tanto los ocultos como los visibles. En realidad no existe aquello que se dice lo consciente y lo inconsciente, ya que la mente forma una unidad total. Es nuestra ansiedad y nuestra inarmónica manera de vivir, la que nos hace que nuestra percepción solamente pueda darse cuenta de la parte más superficial de la mente, mientras lo más profundo permanece inaccesible. Somos irreflexivos y además nos asusta el vernos tal y como somos, vernos en la totalidad; de ahí que siempre permanezca alguna parte de nosotros, que es lo que llamamos el subconsciente, que no nos es perceptible, que permanece oculto.
Nuestras vidas son cada vez más complicadas, nos hemos hecho dependientes de tantísimas cosas que no tenemos tiempo de vernos en realidad quiénes somos; necesitamos todo el tiempo para conseguir dinero abundante, luego nos agotamos; y como no encontramos la plenitud y la realización, necesitamos más estímulos para poder proseguir; y nos hacemos dependientes de la bebida, de los psiquiatras, de algún maestro o gurú, de los políticos y sus partidos. Y nuestras existencias siguen dentro del círculo de la acción y reacción, del conflicto y del dolor. No nos encaramos, con sinceridad y con una verdadera honestidad, con lo que son nuestros problemas, con lo que son nuestras vidas, con el absurdo sistema corrupto y falso que todos hemos creado y que todos toleramos, para ver qué podemos hacer para que todo esto cambie.
La reacción no es la solución a cualquier problema, a cualquier reto que se nos presente, ya que nos dejará sin resolverlos. La reacción es otro signo de nuestra ignorancia, de lo poco que somos, de lo incapaces que somos para deshacernos de la agresividad y la violencia; pues la reacción es falta de atención, es no ser consciente del trasfondo de la mente y de su manera de operar, es el momento en que más nos parecemos a las máquinas frías e insensibles, porque cada reto es contestado y encarado a la manera condicionada y programada. Nosotros estamos programados como los ordenadores, estamos condicionados a hacer lo que hacemos todos los días: esforzarnos, dividirnos, pelearnos, agredirnos y violentarnos. Este es nuestro drama, nuestro problema por resolver; y mientras no hagamos un cambio radical en nuestra conducta, mientras no tengamos el silencio para poder percibir todo el funcionamiento de la mente, seguiremos devorándonos, seguiremos provocando el hambre y la guerra.
El silencio interno es el fruto de la paz, del orden matemático del amor que todo lo trasforma. Sin este silencio -que no es la ausencia de ruido- no podremos tener una aguda percepción, la atención no será en su plenitud y, por tanto, seguiremos en la confusión. Hemos de empezar muy cerca para llegar muy lejos, hemos de empezar por nosotros mismos: ver cada impulso u ola mental, ver la manera con que nos comportamos en la relación con los vecinos, con los compañeros en el trabajo, ver que es lo que hacemos con el dinero, como comemos -si somos respetuosos con los alimentos o no-, como es nuestra manera de hablar, cuál es nuestra manera de caminar y de estar sentado. Alimentar a los hambrientos que hay por todo el mundo, aunque parezca algo irreal, es hacer que la vida de uno cambie de una manera fundamental, de una manera radical; donde uno es incapaz de hacer daño a alguien, donde el egoísmo ha desaparecido, ya no existe.
¿Qué es lo que nos impide hacer ese cambio fundamental, esta revolución psicológica? ¿Dónde está el último escollo que impide que encaremos la vida con alegría, con lucidez, con limpieza y amor? ¿Está el obstáculo en nosotros, que nos hace que permanezcamos atascados, o es algo externo, que está fuera de nosotros? Si quisiéramos de verdad descubrirlo ya lo habríamos hecho, si sintiéramos el dolor en toda su plenitud también llegaríamos a descubrir que es lo que son los obstáculos; es porque no vivimos íntegramente que no podemos acertar en deshacernos de la ignorancia. Todos los problemas desaparecen con el amor; para que éste pueda ser, nuestras mentes han de poder estar en atención profunda; y si huimos de algo, si estamos a medias con algo, no lo comprenderemos porque no seremos totales, no estaremos completamente atentos a ello.
Cuando estamos atentos a todo cuanto acontece, entonces hay un fluir continuo de la vida; es en ese momento en que la mente y todo lo que ella da soporte desaparece. Solamente queda un darse cuenta de todo cuanto ocurre sin ningún sentimiento de rechazo o de aceptación, sin ningún sentimiento de gusto o de disgusto; los sentidos están alertas y vivos pero no perturban ni alteran. Es porque el “yo” ha desaparecido que todo mana del vacío, donde todo es quemado: el tiempo como el ayer, el hoy y el mañana, como pasado, presente y futuro; el pensamiento que es el inventor de todo el entramado del tiempo, al desaparecer éste sucumbe también. Sólo queda la vida desnuda, la realidad y la verdad de lo que es, donde el devenir, el llegar a ser no tiene ningún sentido ni significado.
Vivir así es vivir en meditación, no la que nos venden los centros espirituales, ni la que ofrecen algunos gurús y guías a cambio de entregarles sus vidas sus seguidores, ni la que se obtiene por algún método o práctica; sino la que llega como el viento, la que surge como una flor o las estrellas al anochecer, sin ningún motivo, sin ninguna causa, que nosotros podamos comprender. La meditación es estar más allá de las causas y los efectos, de los fenómenos ordinarios que nos parecen inamovibles y altamente complejos, volviéndose todo sencillo y frugal.