20. La atención profunda

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Cuando hay un estallido de violencia a sus máximas cotas -que puede ser el comienzo de una guerra, o algún acto que parece sorprendente e inesperado y que conmueve y altera-, casi todas las personas se ven arrastradas a emitir juicios, a identificarse con las víctimas o con el que ejecuta el acto violento, y a dar soluciones. Todas las personas estamos fuertemente condicionadas por infinidad de situaciones, tanto las que percibimos y somos conscientes de ellas, como las que no somos capaces de percibir. Cuando alguien se encara con algo, no lo observa tal y como es, sino que todo lo que tiene acumulado -grabado en su mente-, todo lo que sostiene su personalidad, distorsiona y dificulta la visión íntegra y total de lo que ve.
Primero que nada, cuando sucede algo que ha sido ejecutado por alguien o por muchos, que es lo que llamamos un grupo, un país o un estado, hemos de observarlo y mirarlo muy detenidamente, hemos de ver y escuchar toda la tendenciosa, falsa y neurótica información que se proporciona en la los periódicos, televisión, radio, internet, etc., hemos de mirar en todas direcciones, hemos de mirar muy en lo hondo de nosotros. Entonces descubriremos cuál es el asunto, su raíz y la solución. Porque mientras no descartemos las influencias nacionalistas, religiosas, familiares, culturales o económicas, no podremos encararnos debidamente frente al problema que tenemos delante y queremos solucionar. La violencia es uno de los graves problemas que tenemos; no es el único, pero sí el más degradante y destructor, el más costoso y perturbador, el final de un recorrido desafortunado.
Cuando la violencia es doméstica, es decir la que ejercemos cotidianamente sin dar motivo a que intervenga la autoridad y las leyes, la que ejercemos consensuada mente por la sociedad, la que todos hemos convenido en que es necesaria e imprescindible para que todo
siga como a nosotros nos gusta, no nos preocupa ni altera, no le damos ninguna importancia, aunque esa violencia sea tan nociva como las que estallan destruyéndolo todo; aunque esa violencia sea el preludio, el inicio y la continuación de lo que más tarde nos hará temblar de horror, si es que aún nos queda algo de sensibilidad. Las personas llevamos dentro de nosotros la semilla de la violencia; somos violentos y por ello brutales. Somos ignorantes, vivimos en la ilusión; somos egoístas y nos hacemos codiciosos, ambiciosos; tenemos miedo de perder; y todo esto nos hace que seamos violentos.
Cuando por causa de un estallido violento, perdemos algo o está en peligro es cuando empezamos a dar la importancia que tiene este perturbador y dramático problema. Es entonces cuando empezamos a removerlo todo, a gritar, a hablar, a luchar desenfrenadamente; es entonces cuando miramos de ver qué es eso que tanto destruye y nos amarga nuestras vidas; es entonces cuando empezamos a intentar darle soluciones, aunque siempre erróneas y desafortunadas. En esos momentos tan confusos y desdichados, nos dirigimos a la autoridad de los libros sagrados, a lo que dice, o hizo, algún salvador particular en cuanto al problema, nos apiñamos como el ganado y surge la ilusión de lo correcto y lo noble, nos contagiamos como en una epidemia y nos hacemos todos guerreros dispuestos a defender aquello que, en nuestra estupidez, creemos que es lo único que nos puede salvar frente a lo que consideramos malvado y digno de ser destruido: seres humanos igual que nosotros.
Lo que más nos caracteriza a las personas, es la ilusión en que vivimos, la pequeñez que somos mentalmente, lo poca cosa que somos en lo interno, en lo espiritual, lo poco que sabemos. Pero aun así, somos tan egoístas que nos atrevemos a dictaminar quién está en lo correcto y quién no. Claro, esta actitud provoca toda clase de conflictos, de agresiones, toda clase de violencia. Es porque somos insensibles al dolor y a toda la vida, que queremos llevar hasta el final la defensa de lo que creemos noble, de lo que creemos nos dejará en la rutina de la corrupción que es, al fin de cuentas, lo que nos da seguridad. No queremos perder nada: ni la casa, ni el empleo, ni los hijos ni los parientes, ni los privilegios de clase y culturales, ni las opiniones ni perjuicios.
Si queremos que nuestras existencias tengan algo de paz, algo de sentido y significado, algo que nos dé energía para poder ver la vida como una maravilla que es, hemos de estar dispuestos a morir a todo. Hemos de ser capaces de desprendernos de todas las ideas y teorías, que nos limitan y restringen, que nos dividen y hacen que nos enfrentemos y nos destrocemos. Hemos de ser capaces de deshacernos de todos los insultos, de todos los males que nos hacen, de todos los zarpazos que recibimos cada día, para poder mirar la vida de una manera fresca y feliz, de una manera nueva y brillante. No creamos que esto va a suceder apretando algún botón como en las máquinas; si queremos algo hemos de ponernos a trabajar para ello. Si queremos de verdad que la violencia desaparezca de nuestras vidas, hemos de hacer que sea posible; hemos de ver toda su estructura, desde su nacimiento hasta el final; y para ello, tenemos que comprender como funcionan nuestras mentes.
Todo nace, se desarrolla y perece en nuestras mentes. Primero llega la percepción, luego la sensación y finalmente el contacto. Es decir, cuando alguien nos hace daño, ¿termina todo ahí, en el momento en que sucede la acción? O, ¿llevamos la experiencia arrastras todo el tiempo, haciéndonos neuróticos y fragmentados? Es cuando llevamos arrastras el pasado, que todo el proceso de la mente se pone en funcionamiento, que desaparece la armonía y el orden. Entonces al ver la persona que nos dañó en alguna ocasión, sentiremos la amargura de la división; es en ese momento, que percibimos primero que nada; luego esa percepción, nos dará una sensación que determinará la acción y el contacto. Este proceso mental, ¿puede desaparecer, o es que le hemos de soportar como algo inherente, como algo que va, con la vida? Si somos capaces de desentrañar todo el condicionamiento, que nos domina y nos hace vivir en el desorden, las neuronas se aquietarán y no habrá lugar para la división.
La atención profunda es amor, que nos hace que actuemos ordenadamente, sin ninguna fisura en el tiempo, ni en el espacio. Es cuando la mente ha logrado deshacerse de los problemas que ella misma ha creado, cuando adviene la paz y toda la estructura mental desaparece. Es en ese momento, que cada cosa que hagamos estará dentro del orden, porque cuando la mente no actúa es cuando llega el amor. El amor no es lo que “yo” quiero, o lo que “tú” quieres; el amor es lo que es, la realidad y la verdad de la vida. La verdad, nos puede ser agradable o dejarnos en la desesperación y en la angustia, pero ella seguirá siendo la misma verdad de siempre, la que está más allá del tiempo y de todo lo que los hombres inventamos.