2. La búsqueda del placer

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Cunado más lejos estamos de la verdad, nuestras vidas tienen menos significado, tienen menos sentido, y entonces se nos presentan como algo detestable como una lenta e inacabable agonía. Es en ese momento, cuando surge la crisis, que pueden suceder dos actitudes: el rechazo total de todo lo que nos envilece y nos obstruye la clara visión de la realidad, o la entrega a todos los caprichos que nos demanda nuestra falta de seguridad y que son producto de nuestro “yo”. El placer es algo que llena pero que no satisface. No hay que estar contra nada, de lo contrario surgiría el antagonismo y con él la división. Hay que tener una visión clara de cada requerimiento, tanto interno como externo, para tener la suficiente energía para descartarlo -si es que es negativo-, como descartamos un peligro: la presencia de un animal salvaje, la proximidad de un precipicio.
¿Qué puede necesitar una persona que trabaja largas jornadas, que le acucian toda clase de problemas: familiares, económicos, existenciales; que no puede encontrar ningún alivio para su torturada manera de vivir, ya que todo su entorno está como él: necesitados de algo que les tapone el derrame continuo de angustia y desesperación? Lo más cómodo es entregarse al placer, sin darse cuenta que de esta manera toda su desdicha irá en aumento. Por eso hemos dicho, que no estamos contra el placer, sino contra sus resultados que provoca. Pues la acción y su resultado son la misma cosa. Los rectos medios, nos darán rectos resultados. Es muy arduo salirse de la corriente que domina a los hombres, que no es ni más ni menos que la sociedad donde viven. Como la mayoría están atrapados en la corriente de la vulgaridad, del esfuerzo, de los deseos egoístas, el que pretende salirse tiene la sensación de un total aislamiento, de una grandiosa soledad.
Aunque esa visión directa de lo que es la soledad, abra la puerta a una percepción más aguda, más sutil, más fina y sensible, donde la relación con lo externo es algo íntimo y más allá de las formas convencionales. Uno es solitario, pero no está aislado pues la relación es con lo más ínfimo y vulgar aparentemente: una montaña, las nubes, los árboles, las sillas y las mesas, las hormigas, los pajarillos; y la cháchara se convierte en comunicación no-verbal. Es desde esta soledad que podemos arrancar todo lo absurdo de nuestras existencias e ir más allá de todo lo fuertemente establecido. Darle la espalda a la sociedad, es vivir en soledad; pero esa es la manera que podemos hacer verdaderamente algo serio y que tenga significado. No perderemos nada, porque no hay nada que perder. Si comprendemos algo completamente, la verdad estará en nosotros; y esa misma verdad hará que surja una acción imprevisible, que no tendrá nada que ver con lo que habíamos manoseado con el pensamiento. Esta acción puede parecer sorprendente o radical a los ojos del mundo, pero estará dentro del orden. Esto es igual como cuando sembramos algo: ello surgirá con fuerza y esplendor.
Pero no nos gusta el estar solos, no nos gusta la soledad, queremos que nos vean, deseamos que nos quieran y nos mimen, no podemos soportarnos la tremenda angustia que nos provoca la visión de lo que somos, de las tonterías que hacemos o hemos hecho; tampoco queremos ver lo que está siempre acechándonos: la muerte y lo que le antecede. Por eso, buscamos algo que nos aparte de esa tremenda y escalofriante visión; cuando deberíamos mirarla muy atentamente y llegar hasta la misma raíz que le da sustento, para ver qué podemos hacer al respecto. De esta manera si viésemos toda la estructura no huiríamos para refugiarnos temporalmente, pues nos daríamos cuenta que no hay motivo alguno para sentirnos azarados.
La esencia de la sociedad es inmoral. La sociedad en que tanto nos gusta apoyarnos es falsa, hipócrita, es deshonesta, al igual que sus dirigentes y todos los que la sustentan. Así que no hay ningún motivo de preocupación si nos deshacemos de algo tan nefasto y de tan poco sentido. Muchos arguyen rápidamente que sobrevendría un caos y un desconcierto mayor que el actual y que por tanto nos debemos de conformar con lo que tenemos, retocando esto o aquello. Este argumento es producto del condicionamiento que la sociedad impone para perpetuarse; porque cuando alguien tiene algo que perder no quiere la incertidumbre de lo nuevo, se agarra a lo viejo y conocido que es la brutalidad, la autoridad y el poder. Pero aunque lo disfracemos con instituciones, con enfáticas palabras, con el martilleo de la repetición de que estamos en el mejor de los momentos, la sociedad es provocadora de división, de antagonismo y del caos y el horror de la guerra.
No podemos dejarnos llevar por charlatanes, por personas insensibles, por personas que usan palabras y conceptos que no concuerdan con sus vidas cotidianas. Seguir a alguien es altamente peligroso, es un signo de inmadurez, de poca profundidad, tanto para el que hace de guía como para el que se entrega. Alguien que está confuso no puede más que elegir como guía a alguien a quien está también en la confusión; este es el grave problema que tienen los hombres que dejan que otros manejen sus vidas. Pues de esta manera se está en un callejón sin salida. Hasta que no llegue la percepción de que nadie debe someterse a otro, si es que quiere vivir en la verdad y por tanto desprenderse de lo falso de la dependencia, estaremos encerrados dentro del círculo del absurdo, que nos lleva a la desesperación de la violencia cruel y despiadada.
El miedo juega un gran papel importante en el sostén de este monstruoso mundo que hemos creado. Sin el miedo de los obedientes seguidores, los líderes y los dirigentes, los gurús y los maestros, no tendrían nada que hacer; porque toda la energía que nos bloquea el miedo, la utilizaríamos para ver toda la trama en que estamos enredados. Todos los avances técnicos están sustentados en la obediencia de los que los van a utilizar -los usuarios- que se creen beneficiar sin ningún precio a cambio. Hemos llegado muy lejos en cuanto a la técnica, pero en lo interno -moralmente, espiritualmente, en lo psicológico- somos exactamente igual que los primitivos hombres que vivían en los agujeros de las montañas, hace miles y miles de años. Ellos se destruían unos a otros; ahora en la actualidad, por muy desarrollados que estemos en el aspecto material y científico, también nos destrozamos; con el agravante de que las armas que utilizamos para destrozarnos tienen el gran poder de destrucción devastador y cruel.