16. La espiritualidad

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¿Qué entendemos por esa palabra espiritual? ¿Describe con exactitud alguna tendencia, una moda? ¿Lo espiritual es algo que se puede comprar, algo que se pueda adquirir por medio de un método o una práctica? ¿Lo espiritual es algo que está más allá de todo concepto y toda descripción? Nos hemos acostumbrado a controlar todas las circunstancias que nos rodean, que nos llegan sin saber por qué; esto lo hacemos para sentirnos distraídos, para cogernos a algo, para sentirnos seguros ante el vacío, ante la nada que es realmente lo que somos. Este vacío, si es que no lo hemos absorbido y entendido, es algo que nos puede perturbar. La nada, el vacío, es la esencia de la espiritualidad; ya que desde esta esencia es donde nace el amor.
El amor y la nada son una misma cosa. El amor es lo nuevo, lo no repetido, lo que siempre se funde con el ahora. Y para fundirse con algo, uno tiene que estar completamente vacío de recuerdos, de imágenes, de episodios agradables o molestos. Para que haya una unión total con lo que se observa, hemos de partir de la nada, hemos de ser la nada. Este estado de la mente, que nos deja libres, que nos deja como recién nacidos, la mayoría al otearlo y verlo no pueden soportarlo y vuelven a confundirse con lo conocido que parece más seguro y menos perturbador. En verdad es muy arduo ver y permanecer en el vacío; es muy arduo ser libre. Si no vemos la necesidad de ser libres, no lo seremos. Ser libre es vivir solo, no aislado, no recluido ni apartado, es tener toda la energía necesaria para no ser perturbado por las opiniones de los demás, por la confusión y el caos que provocan la vulgaridad de los que viven de lo viejo y conocido.
Lo conocido nunca puede ser bueno pues nos divide, ya que las imágenes registradas se anteponen al reto, que es el ahora, lo que sucede, está sucediendo. Si tenemos un recuerdo agradable o fuimos lastimados en una ocasión y vemos a la persona que hizo posible tal circunstancia, si no es destruido tal recuerdo, la relación con esa persona será fragmentada y por tanto confusa. Ahora bien, la cuestión es, ¿de qué manera nos desharemos de los recuerdos? ¿Es posible que en la vivencia se consuma todo, para que no haya residuos que es lo que son los recuerdos? Si todas las experiencias las viviésemos de una manera total, no tendríamos ningún recuerdo ni ninguna interferencia con el reto, que es lo que se observa, que es lo que estamos viendo en el ahora, en este preciso instante.
Tanto el dolor como el placer distorsionan la mente. Como el poso, el contenido de la conciencia, que es el pasado con todos los recuerdos, es lo que da vida al placer y al dolor seguiremos atrapados. Para salir de una vez para siempre de todo lo que nos tiraniza, de todo lo que nos oprime, de todo lo que nos aplasta, para dejar de una vez por toda esa pesada carga que nos hunde, hemos de descubrir, de una manera clara y sencilla, como funcionan nuestras mentes. La mente es lo que da vida a toda la existencia. Vivir en el dolor no tiene sentido, es algo absurdo, es destructivo y altamente caótico. Vivir para el placer, nos lleva también al dolor y al absurdo. De manera que hemos de descartar el dolor y el placer de nuestras existencias.
Nos proporciona placer, todo lo que nos reafirma el “yo” personal que tenemos cada uno de nosotros. El “yo” es el invento para olvidarnos momentáneamente de la nada, del vacío insondable que todo lo penetra. Cada esfuerzo que hacemos para conseguir algo por adecuado y sagrado que nos parezca, es un requerimiento del “yo”. Por eso, somos ambiciosos, somos mezquinos, porque al no comprender lo que es ese vacío hemos de inventar toda clase de juegos e ilusiones, que es lo que es la vida, para que nos aleje de él. Entonces resulta que al querer escapar por los medios que sea de esa cosa que nos parece tan espantosa, desatendemos el ahora y nos refugiamos en cualquiera de nuestros inventos. Las drogas, el dinero, la familia, las propiedades, la política y las religiones organizadas, el sexo y los nacionalismos con sus fronteras divisivas, todos son inventos para distraernos de la realidad, de lo que es, de lo verdadero.
El origen de todo lo que existe no lo podemos aclarar, ya que nos perdemos en el infinito de las cosas. De ahí que nos tengamos que ceñir con lo que tenemos entre manos: esto es, nuestras existencias. Éstas para que se desarrollen armónicamente, han de estar fuera del alcance del dolor. Es decir, el problema central de nuestras existencias es el dolor. Y como es algo que existe, algo que está en nosotros, decimos: ¿Cómo nos deshacemos del dolor? ¿De qué manera desaparecerá de nosotros? Primero que nada, hemos de comprender lo que es ese dolor; y para comprenderlo, hemos de mirarlo sin huir. Para comprender algo nos hemos de fundir con ese algo. Así que nos hemos de fundir con el dolor, por espantoso y repugnante que nos parezca; fundirnos hasta convertirnos todo nosotros en dolor. Y si la fusión es total, el dolor desaparece.
Ya hemos dicho que la existencia es dolor; que el nacer, crecer y perecer, nos provoca toda clase de desdichas. Al no comprender lo que es esta existencia, lo que es la vida cotidiana, lo que es la realidad, es cuando aparece el dolor. Como no queremos sufrir la amargura del dolor, intentamos huir de él de la manera que sea y lo más rápidamente posible. Pero el problema surge en esa huida, en esa escapatoria, en esa ilusión de haberse librado del dolor. Al querer escapar, es cuando aparece el deseo en su infinidad de expresiones. El deseo es el que nos divide, el que inventa el “yo” y el “tú”, el que inventa la política, el que inventa los estados soberanos, el que inventa las razas y hace que nos digamos árabes, hindúes, judíos, occidentales y orientales. Ante esta división, surge el conflicto de la afirmación personal, del egoísmo que lucha para generar más egoísmo, del esforzarse para permanecer y devenir.
Como todos hacemos lo mismo, el resultado es el caos de la violencia, las guerras y sus carnicerías humanas, el asesinato en masa, la destrucción en su más amplio sentido. El deseo de escapar de la realidad, de lo que es, de lo verdadero, que es nuestra existencia con su dolor, nos ha llevado a destruir los bosques, a contaminar los ríos y los mares, nos ha hecho que aceptemos la manera corrupta de vivir. La violencia es deseo egoísta, para poder proseguir con nuestros planes e ideas. La violencia ciertamente no es amor. Donde hay amor la violencia no puede ser. Es porque no sabemos vérnoslas con lo que es, que inventamos lo que debería ser. La violencia llega, cuando uno se ha dividido, cuando uno está fragmentado.
Vivir sin deseos, que es lo mismo que haber descartado el egoísmo, es abrir la puerta a la belleza y a la felicidad.