12. La guerra

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¿Por qué los hombres olvidamos tan pronto lo que es una guerra? ¿Por qué las repetimos como algo fatal e ineludible? ¿Podemos vivir sin provocar guerra? ¿Podemos salir de este círculo, donde siempre se está en guerra -la fría, la doméstica, las armadas-? Si los padres, los educadores, si los que condicionan a los hombres, fueran en verdad pacíficos ya no habría más guerras. Pero resulta que es lo contrario: toda la estructura psicológica, toda la manera de vivir, de los que están al cuidado y los que van a conformar las actitudes de los niños, es divisiva, es fragmentada, es esforzada. De estas maneras el niño ha de despertar a lo verdadero, a la realidad por sí mismo, sintiéndose como si fuera algo anormal y perturbador.
Si no es que uno es afortunado y tiene educadores verdaderamente pacíficos, el entorno del niño seguirá siendo un campo de batalla: tanto en el hogar, como en la escuela, como en la calle, se verá retado, humillado, se verá apartado como algo inservible. La sociedad en que vivimos nos exige esfuerzo, nos exige coraje, nos exige que seamos competitivos. Esa misma sociedad ha creado un molde para que todos se ajusten a él. En el momento en que alguien cuestiona la sociedad y sus valores, se le considera como un inadaptado, como algo peligroso y raro. Todos los moldes -los valores de la sociedad- son divisivos. Porque nos hacen ajustarnos a un patrón de conducta, que está en contradicción con la realidad de lo que es.
Cada patrón de vida que inventamos sobreponiéndose al antiguo, que ya no nos sirve, nada más hace que cambiar las formas externas, sin cambiar la verdadera estructura que nos hace cambiar de una manera determinada. Hemos inventado los estados con sus fronteras, las religiones organizadas, inventado los partidos políticos, las alianzas internacionales; hemos inventado la democracia, el comunismo, el capitalismo, el socialismo; hemos inventado grandes y complejas teorías económicas; todo ello de nada nos ha servido, pues todavía permanecemos anclados en la división, en la violencia y en las carnicerías de la guerra. Cambiar de un patrón a otro, sirve de bien poco si es que queremos la paz.
Primero surge la división, luego la desconfianza y la confrontación, después la agresividad y finalmente la violencia, que desemboca en todo el horror y la devastación que es la guerra. Si pudiéramos diluir la división, todo el problema de la violencia terminaría. La cuestión es pues, el surgimiento de una mente indivisa; una mente que sea capaz en todo momento y en todo lugar de una alta percepción, para poder ver cuando surge el impulso divisivo y así descartarlo sin ningún esfuerzo ni complicación. Lo que surja de una mente así será el orden, que es paz y amor.
La mente se divide porque adopta un patrón de conducta, un patrón de vida que hace suyo; y todo lo que no se ajuste a ese patrón la divide. Si no estuviéramos condicionados no tendríamos obstáculos, seríamos capaces de hacer cualquier cosa. Todas la barreras aparecen con el condicionamiento, que nos hace que nuestras existencias transcurran por un único surco. Así lo nuevo no puede ser, no puede llegar. Una mente desapegada, dará lugar a lo completo, a la unión con el reto, con lo que observa.
El condicionamiento a que nos vemos continuamente afectados, desde que nacemos hasta que morimos, es algo que tiene que ser visto como lo que es: un sistema para manejarnos, para que prosigamos con la competitividad y el esfuerzo, para que todo siga igual que siempre. Hay que ser muy insensible para no percatarse que el sistema actual genera toda clase de conflictos, que divide a los hombres arrastrándolos a la violencia. Una sociedad dividida, es una sociedad corrupta, capaz de generar toda clase de miserias y calamidades. Pero si decimos: esta sociedad no me gusta, porque no es correcta; e inventamos otra -aunque parezca muy digna y sagrada- que también nos tiene que condicionar, entonces estaremos donde siempre.
Para que podamos ver todo el condicionamiento que opera en nosotros, hemos de tener una mente equilibrada y quieta, que sea imperturbable a cuantos retos le llegan. Para eso hemos de conocernos y saber que somos capaces de hacer. Cada uno, dentro de la unidad, es diferente de los demás; simplemente porque el condicionamiento a que ha sido sometido es diferente del de otro; además del cuerpo físico que también tiene su influencia e importancia. Para poder ver hemos de tener paz interior; y ésta llega con la armonía da la compasión por todo. Si no somos compasivos con los que sufren, con los que soportan el drama de los bombardeos, con todos los que no tienen hogar y pasan hambre, y que hoy o mañana perecerán por la extrema debilidad de sus cuerpos, no tendremos esa quietud necesaria para poder percibir todo lo que es la mente.
Alguien que acepta la guerra, la tolera, o participa en ella, es alguien que no es un hombre. Un animal se diferencia del hombre en que no tiene la capacidad para renunciar voluntariamente a algo para evitar hacer daño. El hombre, si es de verdad hombre, puede desistir de lo que sea con tal de no provocar dolor y sufrimiento. Póngalo a prueba y lo comprobará en usted mismo. La guerra es para vencer; y un hombre compasivo no quiere la victoria, porque sabe que el precio es altamente doloroso. Por eso, el hombre que ama a toda la vida, hace lo posible para no provocar el estallido de las guerras. Debemos de empezar muy cerca, en nosotros mismos, en el trabajo, en la casa, con los vecinos, ya que es desde aquí donde empieza a desarrollarse el conflicto que precede a la violencia.
La victoria es la humillación del vencido, cuando no la destrucción parcial o completa, es la opresión más degradante y repugnante que alguien puede soportar. El que vence siempre es más cruel que el vencido; pues el derrotado le falta un último intento, que el vencedor ya lo ha consumado. Entre el vencedor y el vencido nunca hay igualdad, lo que surja de entre los dos será motivo de resentimiento y de división, de antagonismo y de lucha. Por eso, los que aman la paz no quieren participar en nada que sea provocador de lucha, de esfuerzo, de competitividad, porque saben que desde aquí mismo ya se está propagando todo el desorden que, son los antagonismos, y que irrevocablemente conducen a la desgracia que son las guerras. Si queremos que desaparezcan simplemente desaparecerán; si queremos más carnicerías y más destrucción que es lo que es la guerra, también lo tendremos.
Hay una lógica de la guerra; y hay una lógica de la paz; las dos pueden ser infinitamente interminables. Cada cual ha de saber por cual opta: o la destrucción de vidas humanas, con todo el dolor y la amargura; o el desistir, el renunciar, el apartarse de los que provocan antagonismo, de todo lo que se antepone para que podamos gozar de toda la alegría de un niño, de toda la decrepitud del anciano, de todo lo maravilloso que son los árboles, los animales y las plantas.