10. Nosotros somos el problema

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Mientras no dejemos de lado todo lo que tenemos, todo lo que somos, mientras no veamos la rutina en que vivimos, no podremos ser sensibles para poder observar con toda claridad lo que es la realidad. Si queremos que todo el dolor que invade toda la tierra, que corrompe el comportamiento de los hombres, desaparezca y nos deje libres para vivir con armonía y en una verdadera relación, hemos de ser sensibles a todo cuanto acontece. Hemos de percibir nuestra manera de hablar, la manera como caminamos, como vestimos, como es nuestra relación con los demás; hemos de percibir cada movimiento de la mente, cada ola, como nace y desaparece -seguirla hasta el final nos fortalecerá la mente-.
Estamos demasiado apegados a la familia, a nuestro clan particular, a las propiedades, a nuestro estilo de vida, a nuestras opiniones que conforman nuestras ideas y prejuicios, y así nuestra percepción es muy reducida. El excesivo trabajo, el hablar sin sentido, el estar rodeado de excesivos ruidos, también nos hacen disminuir la percepción. ¿Pero qué es en realidad la percepción? ¿Es de alguna utilidad, o es otro juego del pensamiento? La percepción es darse cuenta de todo cuanto nos rodea, es ser sensible al hombre solitario, deseoso de cariño y de calor; es ser sensible a todos los hombres que mueren de hambre, a todos los hombres que también mueren violentamente a cada instante por toda la tierra; es ser sensible al insecto posado en algún lugar de la casa, a las nubes y a los pájaros.
Si la percepción es, ya no podremos estar quietos, ya nada será como antes, todo cambiará a nuestro alrededor. Porque, así como antes éramos como robots incapaces de vibrar ante lo negativo y provocador de sufrimiento, ahora vemos que todo está palpitante de vida. Ahora vemos lo que lleva consigo la ansiedad, el deseo brutal, la violencia; lo que lleva consigo la represión, la obediencia y el acatamiento. Hemos de cuestionar sin ningún temor todo cuanto es, todo lo que se nos dice, todo lo que se nos ha dicho; hemos de empezar de cero, si es queremos dejar sitio a la sensibilidad. Hemos de ir paso a paso, sin ninguna prisa, como dos amigos que van mirando sin exigirse nada el uno al otro, con todo el tiempo necesario para poder observar todo lo que les rodea.
Hemos de dejar que todo se manifieste para poder observarlo en toda su plenitud, para poder en un instante captar todo su significado, todo su contenido que lo envuelve. El verdadero enfoque de un problema está en la observación total del mismo, en la capacidad de unión con él, hemos de ser el mismo problema para poder comprenderlo; si lo lo logramos, toda la dificultad que presentaba desaparecerá y nos comunicará su secreto. Eso quiere decir que sin la profunda atención, que surge del vaciamiento de todo lo que se acumula en el interior de nosotros, la vida tiene muy poco sentido, poco significado.
Hay quienes piensan que todo esto está muy bien para exponerlo en los libros, o para hablar de ello en un lugar apropiado, pero que es demasiado sencillo y a la vez perturbador para aplicarlo a la vida cotidiana de los hombres; aunque en lo más íntimo de ellos saben que hay algo de verdadero en ello, y que su manera de ver las cosas ya nunca será como antes. Seguirán por el mismo camino, pero todo lo verán desde otro punto de vista diferente. La verdad tiene su acción independientemente de lo que diga el pensamiento y todos sus inventos. El pensamiento inventará nuevos proyectos, nuevos planes, para proseguir con lo viejo y conocido, con la repetición de lo que tanto le satisface, de lo que tanta seguridad le proporciona.
Pero en el instante en que aparezca la percepción directa, que es el discernimiento de la verdad, el pensamiento se repliega y se aquieta, no siendo ya un obstáculo para la percepción de la realidad, para la percepción de lo que es. Cuando llega ese instante la mente es altamente sensible y capaz de ver la belleza incomparable de todo lo que es la vida. Al estar quieta y tranquila, sin ninguna compulsión que la empuje y sin ninguna dependencia que la retenga, ella puede entregarse a lo que le rodea, puede hacer posible la fusión con la totalidad, con lo absoluto, la unión con el universo. Todo será motivo de gozo, tanto el insecto que parece molesto, como el fruto jugoso que podemos degustar; tanto la suave primavera, como el acogedor otoño.
La belleza no está en la flor ni en el mar, ni tampoco en la montaña; ella es algo que surge de nuestro corazón; es algo independiente de lo externo, ya que nace en el interior de cada persona. Por muy encantadora que se una montaña, con su valle y sus pendientes rocosas, con su color amarronado y verde, con su paz y su sosiego, si el que la observa no tiene esa cualidad necesaria de unión y atemporalidad, del estar más allá del tiempo, no percibirá nada de extraordinario y digno de ser contemplado. Ser sensible es participar de todo lo que nos rodea, es vibrar con toda la realidad, es tener una mente explosiva que destruye toda la conexión con el pasado y como consecuencia también con el futuro. El pasado y el futuro son una misma cosa que une el presente. Lo que fuimos lo corroboramos en el presente -que es nuestra manera de vivir-; y este presente es el que determina el futuro venidero. Por tanto el pasado, el presente y el futuro son una misma cosa indivisible, que el pensamiento ha dividido para dar lugar a la ilusión.
La ilusión es algo muy peligroso para la existencia, para la armonía y la paz de la tierra. La ilusión es el creerse diferente de los demás, es el creerse separado de los animales y de la naturaleza. La ilusión ha inventado: el “yo”, el “mi”; y ha inventado las naciones, ha hecho posible palabras como tan desafortunadas como forastero y extranjero, como africano, europeo, americano, asiático, como negros y blancos; la ilusión también ha inventado las fronteras divisivas e inhumanas, las castas y los clanes tribales. De ahí el estado de confusión y caos en que nos encontramos; de ahí el que siempre haya guerras. Pero cuando somos afortunados y la sensibilidad fluye, como en un manantial, todo cambia a su estado auténtico, a su orden que está más allá de todo lo que podemos inventar e imaginar.